Disculpen la inactividad de estos meses. Seguramente, este será lo poco que sepan de mí en otros tantos. No obstante, creo que hoy no se quejarán del pedazo de post (a nivel de extensión) que les he preparado. Es una réplica que le he hecho a Alberto Garzón sobre la necesidad de independencia de los bancos centrales, algo que no se discute en cualquier democracia minimamente sensata.
Como de costumbre, ignoraré los casi siempre sabios argumentos de Juan Ramón Rallo respecto a la eliminación de los bancos centrales y pensaré que eliminarlos es casi tan utópico como que el socialismo funcione. Así que, como es lo que hay, defenderé al menos la necesidad de independencia de los bancos centrales respecto del gobierno, la democracia, el pueblo y otros conceptos difícilmente falsables.
¿Cuál es la misión principal de un Banco Central? No hacer el idiota con la moneda. Es decir: no cagarla. En realidad, esta debería ser la función elemental de cualquier político, pero estamos acostumbrados a pensar que alguien que vive a 600 kilómetros puede saber qué necesitamos y aceptar cualquier precio que nos ponga, de modo que conviene recordarlo. Más concretamente, la función de un Banco Central es la de mantener la estabilidad económica de un país a través del control de la inflación, esto es, evitando que exista dinero de más y evitando que los precios, en tanto que la capacidad adquisitiva de la unidad monetaria es menor, lleguen al reino de los cielos.
Pero esa no es la única función que pueden tener los bancos centrales. Si un gobierno central (digamos, el de Bush) ha decidido irse a la guerra (digamos, la de Irak), necesitará de una enorme inversión, la cual no aparece de la noche a la mañana… excepto si un banco central (digamos, la Reserva Federal Americana) imprime un montón de dinero para que el Estado compre e invierta aquellos recursos necesarios. ¿Resultado? Pues al margen de los miles de muertos inocentes, enormes daños en infraestructuras, crear una enorme inestabilidad en una región y echar a un dictador genocida a patadas, los precios suben. Hay gente con más dinero que lo gastará en otras cosas, y ese aumento de la demanda provocará, en poco tiempo, un aumento de los precios, precios que la inmensa mayoría de ciudadanos tendrán que seguir pagando sin ayuda estatal pero que a unos pocos les ha beneficiado.
Esto es aplicable a todo lo demás. Tiene las mismas consecuencias si se invierten en educación, sanidad, carreteras, AVEs, exposiciones universales, aeropuertos, astilleros, salarios aumentados a los funcionarios… Es independiente de las buenas o malas intenciones del banco central o del planificador de turno, o de si ha sido democráticamente elegido.
Me remitiré a dos ejemplos históricos de lo que pasa cuando no hay independencia de los Bancos Centrales. El de la Alemania de los años 20 y el de la España de Felipe González.
Alemania, allá por los años 20, era un país sumido en un par de problemas por las deudas de guerra de la Primera Guerra Mundial. Dado que la economía alemana no podía pagar los plazos de las deudas, no se les ocurrió otra cosa que darle al botón de “ON” de la máquina de hacer billetes. El resultado, si no recuerdo mal, fue de un 859.000% de inflación. Podías ser millonario y pobre a la vez. Y, esta inestabilidad, sumado a otros factores, fueron los que auparon a un tal Adolf Hitler al poder.
El caso de España, afortunadamente, no fue tan grave como el alemán. Básicamente, cuando llegó la “hora de la alegría” de Carlos Solchaga allá por los años 80, el Estado comenzó también a gastarse mucho más dinero en un montón de cosas que todavía no sabemos para qué sirven (como, por ejemplo, el AVE Madrid Sevilla o la Expo). El resultado fue que en los años 90 España tenía 3 millones de parados y una inflación galopante, hasta el punto de que el encantador de serpientes y presidente del gobierno de la época, Felipe González, acabara despidiéndose del poder.
Debo añadir que, en general, la misión de los Bancos Centrales es evitar crisis económicas. Y, para ello, pues poco les importan los medios. Si tienen que quitar liquidez, lo quitan. Si tienen que fabricar dinero, lo fabrican. Si han de subir los tipos de interés, lo hacen y, si no, pues no. Si tienen que coordinarse para salvar una moneda extranjera (como hicieron hace unos años el BCE y la FED con el yen), lo hacen… Para eso es por lo que cobran esos funcionarios.
Pedir que los Bancos Centrales sean democráticamente controlados es como pedir que la policía esté democráticamente controlada o que el sistema judicial esté democráticamente controlado (entendiéndose por “democráticamente controlado” el que esté controlado por el poder político) es como pedirle al planeta Tierra que ejerza la Ley de la Gravedad. Ya lo son. Si la cagan de manera horrorosa, sus responsables se irán a la calle. Otra cosa es que sus mecanismos de control sean manifiestamente mejorables. Lamentablemente, aquí no pasa como en EE.UU. donde Ben Bernanke tiene que cambiar de acera cada vez que se encuentra con Ron Paul. Eso sí es reprochable. Lo que no es reprochable es que este organismo pueda tener unas directrices para que su funcionamiento sea independiente. Eso ha sido algo que en la Alemania de posguerra han tenido muy claro. Y les fue muy bien.
Me resulta muy curiosa, a la par que interesante, la costumbre que tienen muchos de afirmar que algo es política. Ejemplos: el deporte es política, el matrimonio es política, el sexo es política, el clima es política… Como decían en mi facultad: TODO es política. En realidad esto quiere decir dos cosas: que todo es politizable y que todo es susceptible de ser manipulado por las torpes zarpas del Estado. Y, como no podía ser de otro modo, los Bancos Centrales también.
Cuando Alberto Garzón se queja de que “desde trincheras ideológicas al servicio de los más ricos apuestan por mantener estas estructuras y relaciones de poder tan injustas”, en realidad se está quejando de la falta de poder que tienen los políticos para meter las zarpas en la moneda y, por tanto en la economía. A aquella frase de “todo es política” tendría que añadir que “toda esa política es interesada”. Si Alberto quisiera democratizar el BCE, lo que haría sería defender la libertad de elección de la gente para llevar a cabo sus transacciones del modo que le diera la gana. Es decir, que la gente pudiera usar euros, dólares, yenes, rublos, dirhams, oro, plata o lo que quisiera. Entonces, el BCE tendría una excelente señal democrática, muy similar a la del voto, para saber si los ciudadanos quieren o no esa moneda y esos tipos de interés. Pero entonces el BCE ya no tendría la posibilidad de meter las zarpas en la economía y sería un instrumento mucho más difícil de usar por los gobiernos para hacer lo que les diera la gana. Y me temo que esa clase de democracia, donde la gente es libre para elegir y el poder de una moneda no está subordinada a la voluntad de una clase burocrática, no es lo que quiere Alberto.
No seré yo quien defienda las últimas intervenciones “salvadoras” del BCE para ayudar a bancos que lo han hecho rematadamente mal ni a las familias que han despilfarrado dinero tirando de tarjeta de crédito. De hecho, el que los Bancos Centrales hayan intervenido en la economía para salvar a estas empresas demuestra lo muy intervencionistas que pueden llegar a ser. Pero no se han extralimitado ni apoyado a las clases dominantes; han hecho aquello para lo que fueron diseñados. Y si no lo hubieran hecho, habrían recibido instrucciones desde arriba para que lo hicieran o, en su defecto, hicieran todo lo necesario para acabar con la crisis. Lamentablemente, la burbuja no estalló y, cuando estalle, afectará a más gente de una manera peor.